LA PREHISTORIA EN CABAÑEROS
El Calcolítico y el Megalitismo


Los inicios de la metalurgia arrancan en la Península hacia el 2.800, inaugurando una etapa de transición que dura hasta el 1.800 B.P., donde todavía existe un predominio en el uso del utillaje lítico y una tímida fabricación de herramientas de cobre que, a veces, imitan útiles de piedra, mientras que otras, son los útiles de piedra los que imitan los nuevos objetos metálicos. La explosión demográfica del Neolítico provocó un creciente conflicto inter-tribal por los recursos, que se ve reflejado en la concepción de los nuevos poblados, situados en altura, con evidentes elementos defensivos o, al menos, disuasorios, y con amplio control visual de la zona. Aunque la agricultura se sigue desarrollando, como práctica necesaria para el complemento de la dieta para hombres y animales, se experimenta una mayor dependencia del pastoreo, lo que exige una cierta movilidad al grupo. Esta necesidad de búsqueda de pastos y de canteras de cobre (Montero, Rodríguez y Rojas, 1990) hace replegarse en altura a la población calcolítica, buscando los recursos que ofrecen las montañas. Estos asentamientos debieron ser temporales, como confirma la arqueología, pues a penas si dejan restos materiales, salvo algunas estructuras mal definidas que serán reutilizadas durante el Bronce y la Época Medieval. Pero, además, esta movilidad condicionó la fabricación de molinos de mano, más pequeños, de arenisca o granito, cuyo transporte ha sido constatado por Ruiz Taboada (1998), en distancias de hasta 40 Km entre la cantera y el yacimiento. El resto de cultura material a penas varía, usando pequeños útiles de sílex (cuchillos, dientes de hoz, perforadores y raspadores), pequeñas hachas pulimentas (a veces votivas), cerámica lisa con grueso desengrasante (arena de cuarzo) y pesas de telar de arcilla.

Menir de la Quinquiruela

            En el ámbito social cabe destacar la creciente diferenciación social, propiciada por el enriquecimiento de algunos sectores, debido a la explotación e intercambio de piezas metálicas, muy preciadas por su dureza y escasez, lo que le otorgaba a su poseedor un cierto estatus social. Por otro lado, en relación a las prácticas religiosas, aparecen los enterramientos colectivo en túmulos.

           
Otro tipo de manifestaciones megalíticas son los menhires y los dólmenes, de difícil interpretación, aunque es posible que todo se reduzca a la representación subconsciente de la virilidad y de la maternidad, donde el menhir, como lo hace su hermano menor, el betilo, tiene claro sentido fálico, y el dolmen de corredera representa la vagina y el útero materno (”de donde venimos y a donde vamos”), que degeneraría en simples túmulos y dólmenes. En definitiva, heredando la concepción metafísica del hombre paleolítico, su  explicación parece entroncar con la fertilidad y, en consecuencia, la perduración de la especie.

Dolmen de la Sierra del Hontanar (Arroba de los Montes)

            En esta Comarca, como apreciamos en el plano, tenemos varios exponentes de este período, tanto en asentamientos temporales, como en manifestaciones artísticas. En el mapa no se han recogido las minillas de cobre que salpican todo los Montes de Toledo porque, además de emborronar este mapa, su adscripción calcolítica no puede verificarse con plena seguridad, pues son pequeñas canteras a cielo abierto que se seguirán explotando durante el Bronce.




           Restos del Castellón del Cerro del Espinillo
           Asentamientos con restos murarios derruidos, levantados mediante piedra seca y aprovechando grandes rocas graníticas o cuarcíticas, de pequeñas dimensiones, hallamos en casi todos los cerros y cuerdas de los Montes de Toledo, como es el caso de La Botija (Los Navalucillos), el Morro Ciñanas y Cerro de la Moheda (Navalpino) y Sª del Hontanar y Morro del Espinillo (Arroba de los Montes).            Las manifestaciones artísticas y megalíticas las hallamos distribuidas, fundamentalmente, en una franja, situada al sur de la Mancomunidad, cuyo mejor exponente son las pinturas esquemáticas -y, es posible que, macroesquemáticas?- de Arroba, en la Sº de Enmedio: son dos figuras antropomorfas, de las denominadas arboriformes o de espina de pez, con clara vinculación a la demarcación territorial, localizadas al Norte, en el mismo abrigo cuarcítico, realizadas con pincel de pelos de cabra, al menos la que Jesús Víctor García -su descubridor- cree representa a”los hombres de los helechos “, vegetación de aún se conserva en algunas zonas de esta sierra. No menos interesante son el túmulo del Morro del cuervo (Arroba de los Montes), el menhir de la Quinquiruela (Navalpino), o el posible dólmen de la Sª del Hontanar (Arroba de los Montes).             Por otra parte, asociadas al megalitismo, encontramos en toda esta zona, sobre granito, cuarcita o pizarra, múltiples cazoletas, exentas o sobre grandes monolitos, sencillas o formando complejos entramados, aunque los únicos exponentes, conocidos hoy, de petroglifos los hayamos en la franja graníticas de los Montes Norte.
           

Pinturas rupestres de Arroba y cazoletas de Los Navalucillos

Túmulo Cerro del Cuervo

Calcolítico Manomunidad Cabañeros

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